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La alegría absurda de las primeras páginas leídas y los primeros pedidos

  • Foto del escritor: Diego González
    Diego González
  • hace 20 horas
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: hace 4 horas

Nadie te prepara para la alegría ridícula de las primeras páginas leídas.

No la alegría grande, no.

La pequeña. La absurda. La que no puedes explicar sin parecer un poco triste.


Publicas el libro.

Pasan horas.

Días.

Nada.

Y de repente, una mañana cualquiera, miras el panel y ves un número que ayer no estaba. No es espectacular. No es digno de captura de pantalla motivacional. Son pocas páginas. Muy pocas. Pero no son cero.

Y ahí pasa algo.

Alguien ha abierto tu libro.

No lo ha comprado por error.

No ha hecho clic sin querer.

Lo ha abierto.

Ha leído.

No sabes quién es.

No sabes dónde está.

No sabes si seguirá leyendo.

Pero durante unos minutos, alguien ha estado dentro de algo que tú escribiste solo, dudando, sin saber si valía la pena.

Y eso te coloca el día entero.


Las primeras páginas leídas no pagan nada. No arreglan nada. No cambian tu situación. Pero tienen un efecto raro: validan la existencia del libro. Ya no es solo un archivo subido a una plataforma. Es algo que alguien ha tocado, aunque sea con los ojos.

Luego vienen los primeros pedidos. Uno. Luego otro, quizá. Y cada vez es como si el cerebro no supiera reaccionar del todo. Porque no estás preparado para la alegría. Estás preparado para la frustración, para la espera, para la nada. Pero no para que pase algo.

Te sorprendes sonriendo sin motivo. Pensando: “hostia, otro”. Y luego bajando el volumen mental rápido, no vaya a ser que te emociones demasiado y el universo te lo quite.

Porque aprendes pronto que esto es irregular. Que hoy sí, mañana no. Que no hay patrón claro. Y aun así, cada pedido pesa más de lo que debería. Porque no es una venta. Es una elección.


Alguien ha decidido dedicarte tiempo.

Y eso, hoy, es carísimo.


No es el dinero. Nunca lo es al principio. Es la sensación de que no has escrito al vacío. De que no ha sido un monólogo infinito sin oyentes. Al menos una persona ha dicho “vale, me quedo un rato aquí”.

Y eso engancha más que cualquier promesa de éxito.

Con el tiempo te acostumbras. O eso dicen. Pero la verdad es que no del todo. Cada vez que alguien compra un libro tuyo, algo se mueve. Aunque vendas más, aunque ya no mires tanto el panel, hay un segundo de reconocimiento interno. Una especie de “gracias” silencioso que no sabes a quién dirigir.


Las primeras lecturas y los primeros pedidos no son el objetivo final. Son pequeñas migas de pan que te dicen que vas por algún sitio. Que no estás completamente perdido. Que escribir, a veces, encuentra a alguien al otro lado.

Y cuando todo lo demás se pone cuesta arriba, cuando dudas, cuando piensas en dejarlo, vuelves mentalmente a ese primer número que no era cero. A esa primera vez que alguien leyó tus palabras sin conocerte. Sin deberte nada.


Y recuerdas por qué empezaste.

No por la fama.

No por el dinero.

Sino por esa conexión mínima, frágil, silenciosa.


La alegría de las primeras páginas leídas es discreta.

La de los primeros pedidos, contenida.

Pero juntas hacen algo muy importante:

te empujan a seguir escribiendo mañana.


Y con eso, para muchos, ya es suficiente.

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