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Vender libros autopublicados: escribir era lo fácil, lo jodido vino después

  • Foto del escritor: Diego González
    Diego González
  • hace 19 horas
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: hace 3 horas

Yo pensaba que lo difícil era escribir el libro.

Sentarte, enfrentarte al folio en blanco, avanzar a trompicones, dudar, borrar, volver a escribir, pensar que es una mierda, pensar que no está tan mal, terminarlo, corregirlo y llegar a ese momento glorioso en el que dices: “ya está”.


Mentira.


Escribir era la parte romántica del asunto.

La parte soportable.

La parte en la que todavía no sabías en qué te estabas metiendo.

Lo realmente complicado empieza cuando publicas el libro y descubres que nadie estaba esperándolo. Que no hay cola. Que no hay aplausos. Que no hay un señor que aparece para decirte “por fin, llevaba años esperando justo esto”.

Vender libros autopublicados es un ejercicio brutal de humildad. De repente tu libro existe, sí, pero existe en un sitio donde existen millones más. Está ahí, perfectamente colocado, perfectamente invisible. Y tú lo miras como quien mira a un hijo desde la grada diciendo “pero míralo, si es majo”, mientras nadie más se da cuenta de que está en el campo.

Ahí entiendes la primera gran verdad: escribir un libro no te convierte en escritor que vende libros. Te convierte en alguien con un libro publicado. Que no es lo mismo.


Entonces empiezas a moverte. A decirlo. A insinuarlo. A compartirlo con cuidado para no parecer pesado. Porque nadie quiere ser “ese” que solo habla de su libro. Tú tampoco querías convertirte en ese. Tú querías escribir, no hacer marketing emocional encubierto.

Pero el libro no se vende solo.

Nunca.

Jamás.

Y da igual lo bueno que sea, lo honesto que sea o lo mucho que te hayas dejado dentro. Si no pasa nada alrededor, no pasa nada. Punto.


Empiezas a entender que vender libros autopublicados no va de vender libros, va de exponerte. De explicar quién eres, qué cuentas, por qué debería importarle a alguien dedicar horas de su vida a leerte. Y eso da más vértigo que escribir cualquier capítulo.

Porque escribir lo haces solo.

Vender implica que otros opinen.

O peor aún: que no opinen nada.


El silencio es lo más duro de la autopublicación. No las malas críticas, que al menos existen. El silencio. Publicas y no pasa nada. Miras estadísticas como si fueran el horóscopo. Refrescas. Esperas. Vuelves a refrescar. Nada. Y empiezas a preguntarte si realmente valía la pena todo esto o si te has montado una película muy bonita que solo te interesaba a ti.

Y ahí es donde mucha gente se cae. No porque no sepa escribir, sino porque no estaba preparada para la indiferencia. Para ese vacío raro que no te dice “esto es malo”, sino “esto no le importa a nadie”. Que es muchísimo peor.

Pero sigues. Porque algo te empuja. Porque cuando alguien, uno solo, compra tu libro, algo cambia. No en el banco, desde luego. Cambia dentro. Alguien ha elegido leerte. Entre todo lo que había, ha dicho “este”. Y eso tiene un peso que no entiende quien no ha pasado por ahí.


Vender libros autopublicados no es épico. No es inspirador. No es una historia de éxito. Es constancia sin glamour. Es seguir escribiendo aunque no haya ruido. Es aprender cosas que no querías aprender. Es asumir que nadie te debe nada y que todo lo que pase será porque tú lo empujes.

Y aun así, sigues. Porque escribir y publicar por tu cuenta tiene algo adictivo. Algo profundamente honesto. No hay intermediarios. No hay permisos. No hay nadie diciendo “esto no encaja”. Es tu voz, con todo lo que tenga.


No te haces rico.

No te haces famoso.

Pero te haces autor de verdad.

Del que aguanta. Del que insiste. Del que escribe aunque vender sea una cuesta arriba constante.


Y eso, aunque no se vea desde fuera, pesa más de lo que parece.

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ESCRIBO PARA GENTE NORMAL QUE PIENSA DEMASIADO Y SE RÍE PARA SOBREVIVIR.

 

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