Por qué regalar libros de humor (o dejarlos en el baño) es una gran idea
- Diego González
- hace 19 horas
- 3 Min. de lectura
Actualizado: hace 2 horas
Regalar libros de humor siempre genera una pequeña duda incómoda.
No por el libro.
Por la persona.
Porque regalar humor es decir: “creo que necesitas reírte”.
Y eso, según a quién, puede interpretarse como cariño… o como una puñalada elegante.
Pero aun así, los libros de humor siguen siendo uno de los mejores regalos posibles. Y no porque sean profundos, ni trascendentes, ni porque cambien vidas. Precisamente por lo contrario. Porque no exigen nada. Porque no piden solemnidad. Porque no te miran desde la estantería diciendo “deberías leerme para mejorar como persona”.
Un libro de humor te mira y te dice: “cuando quieras, cinco minutos, sin compromiso”.
Y eso es oro.
La mayoría de la gente no quiere un regalo que le recuerde lo que no está haciendo bien. Ya tiene suficiente con su cabeza. Quiere algo que acompañe, que alivie, que saque una risa cuando el día ha sido una mierda. Y ahí el humor gana por goleada a casi cualquier otra cosa.
Además, seamos sinceros: nadie lee hoy como antes. La lectura es fragmentada, a ratos, robada entre cosas. Por eso los libros de humor funcionan tan bien. Porque no te castigan si los abandonas diez minutos. Porque puedes abrirlos por cualquier página. Porque no pasa nada si no recuerdas dónde te quedaste.
Y aquí entra el baño.
El water.
El trono.
Ese lugar donde todo el mundo lee. Donde nadie admite que lee. Donde los libros de humor encuentran su hábitat natural.
Un libro de humor en el baño es el objeto cultural más honesto que existe. No pretende prestigio. No busca postureo. Está ahí para cumplir una función muy concreta: hacerte pasar un rato mejor mientras haces lo que tengas que hacer.
No hay presión.
No hay expectativas.
Solo risas cortas, pensamientos absurdos y alguna carcajada mal disimulada.
Y lo mejor es que, sin querer, esos libros se leen enteros. A trozos. A lo largo del tiempo. Sin esfuerzo. Sin ritual. Sin esa culpa rara de “tengo que leer más”.
Por eso regalar libros de humor funciona incluso con gente que dice que no lee. Porque sí lee. Solo que no quiere que nadie se lo recuerde.
Regalar humor es regalar descanso mental. Es decir: “no tienes que aprender nada, no tienes que mejorar nada, solo ríete un poco”. Y en un mundo obsesionado con optimizarlo todo, eso es casi revolucionario.
Además, el humor envejece mejor que casi cualquier otro género. Una novela intensa puede quedarse atrás. Un libro solemne puede perder fuerza. Pero un libro de humor bien hecho sigue funcionando años después, porque no depende de modas, depende de verdades humanas básicas: la torpeza, el cansancio, la contradicción, la vida cotidiana.
Y sí, hay algo profundamente bonito en que alguien te diga tiempo después: “oye, el libro ese que me regalaste… lo tengo en el baño y siempre lo cojo”.
Eso no es un insulto.
Es un halago enorme.
Porque significa que el libro está integrado en su vida. Que forma parte de su rutina. Que cumple su función sin molestar.
No todos los libros pueden decir eso.
Así que sí, regalar libros de humor es una gran idea. Y dejarlos en el baño, también. Porque no todos los libros tienen que cambiarte la vida. Algunos solo tienen que hacerte sonreír un martes cualquiera, con la puerta cerrada y el mundo esperando fuera.
Y con eso, sinceramente, ya cumplen más de lo que prometen muchos otros.



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