top of page

Reírse de la autoayuda: el cinismo ochentero como mecanismo de defensa

  • Foto del escritor: Diego González
    Diego González
  • hace 20 horas
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: hace 4 horas

Los que crecimos en los 80 tenemos un problema con la autoayuda.

No porque no queramos estar bien.

Sino porque nadie nos enseñó a hablar de estar mal.


En los 80 no había libros que te explicaran cómo gestionar tus emociones. Había padres diciendo “espabila”, profesores diciendo “no seas blando” y amigos diciendo “vente a la calle y se te pasa”. Y, oye, no siempre se pasaba, pero aprendías algo importante: a no dramatizar cada cosa como si fuera el fin del mundo.

Por eso, cuando hoy abres un libro de autoayuda moderno y lees frases como “abraza tu dolor” o “escucha a tu niño interior”, algo dentro se te revuelve. No porque esté mal. Sino porque suena a alguien que no ha tenido que disimular nunca que estaba fatal delante de todo el mundo.


El cinismo ochentero no es falta de sensibilidad. Es exceso de experiencia sin herramientas para expresarla. Aprendimos a reírnos antes de entender. A bromear antes de llorar. A quitar hierro porque nadie iba a venir a quitárnoslo por nosotros.

Y eso deja huella.

Por eso la autoayuda tradicional nos produce rechazo. Porque nos habla como si fuéramos frágiles recién salidos de fábrica. Y nosotros venimos con golpes, óxido y piezas que chirrían, pero seguimos funcionando. A nuestra manera, sí. Pero funcionando.


Reírse de la autoayuda no es negar que necesitamos ayuda. Es negar que la ayuda tenga que venir envuelta en frases grandilocuentes, sonrisas falsas y promesas de felicidad permanente. Los ochenteros sabemos que la felicidad permanente no existe. Existe estar bien un rato, y luego ya veremos.


El cinismo es nuestro escudo. No porque no sintamos, sino porque sentimos demasiado y aprendimos a camuflarlo. Nos reímos de nosotros mismos antes de que lo haga el mundo. Y eso, aunque suene duro, nos ha salvado muchas veces.

Cuando un libro te dice que todo depende de tu actitud, el ochentero piensa: “claro, y del contexto, y del dinero, y de la suerte, y de que hoy no se joda nada más”. No somos negativos. Somos realistas con memoria.

La autoayuda ochentera, si existiera, no te diría que persigas tus sueños. Te diría que descanses, que no te exijas tanto y que no pasa nada por no saber qué cojones estás haciendo. Y si encima puedes reírte un poco, mejor.


Por eso funciona tanto la autoayuda con humor. Porque no te coloca en un pedestal moral ni te señala como proyecto fallido. Te habla como alguien que ha vivido, que se ha equivocado y que no viene a darte lecciones, sino compañía.

El cinismo ochentero no quiere soluciones mágicas. Quiere frases honestas. Quiere que alguien diga: “esto es complicado y a veces no mejora, pero no estás solo”. Y, si puede ser, que lo diga con una sonrisa torcida y un chiste incómodo.


Reírse de la autoayuda es, en el fondo, una forma de autoayuda. Porque te quita presión. Porque te libera de la obligación de ser mejor cada día. Porque te permite estar regular sin sentirte culpable por no estar increíble.

Nos criamos sin manual. Sin discursos emocionales. Sin hashtags de bienestar. Y aun así aquí estamos. Un poco cínicos, sí. Un poco irónicos, también. Pero bastante resistentes.


Así que no, no creemos en todo.

Pero queremos estar bien.

A nuestra manera.

Sin frases motivacionales colgadas en la pared.

Y si para eso hay que reírse un poco de la autoayuda,

pues nos reímos.

Como siempre hemos hecho.

Comentarios


ESCRIBO PARA GENTE NORMAL QUE PIENSA DEMASIADO Y SE RÍE PARA SOBREVIVIR.

 

© 2026 Página creada por Diego González Sánchez

 

bottom of page