“Cuando tener un Rolex significaba algo (y ahora ya no)”
- 9 mar
- 2 Min. de lectura
Hubo un tiempo en el que un Rolex no era un capricho. Era casi una ceremonia.
No lo comprabas un martes por la tarde navegando por internet mientras esperabas que llegara el pedido de Amazon. No. Un Rolex llegaba después de muchos años trabajando, cuando las cosas por fin empezaban a salir bien. Cuando habías pagado la casa, cuando el negocio aguantaba, cuando sentías que habías cruzado alguna línea invisible en la vida.
Entonces alguien —a veces tu padre, a veces tú mismo— decía algo parecido a:“Creo que ya toca”.
Y aquel reloj no era solo un reloj. Era una especie de trofeo silencioso. No hacía falta enseñarlo demasiado. El simple peso en la muñeca ya te recordaba todo lo que había costado llegar hasta allí.
Tengo que confesar algo: yo no soy de relojes. Nunca lo he sido demasiado. Me gustan, claro, pero no soy de esos que saben el modelo exacto, el calibre o el año de fabricación. Para mí el Rolex siempre ha sido más una idea que un objeto.
Una idea de esfuerzo. De tiempo trabajado. De una meta alcanzada después de muchos años.
Hoy las cosas son distintas.
Ahora puedes financiar un Rolex en cómodas cuotas. Incluso hay gente que lo compra antes de tener estabilidad, antes de tener ahorros, antes incluso de tener claro qué quiere hacer con su vida. El símbolo se ha adelantado al camino.
El problema no es el reloj.
El problema es que antes el Rolex era la consecuencia.Ahora muchas veces es el disfraz.
Y cuando los símbolos se compran antes de tiempo, dejan de significar algo.
Quizá por eso hay relojes mucho más caros que un Rolex… pero pocos pesan tanto como aquellos que se compraban cuando, de verdad, uno sentía que se lo había ganado.



Comentarios