top of page

Frases de los 80 y los 90: educación emocional a base de sentencias

  • Foto del escritor: Diego González
    Diego González
  • hace 20 horas
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: hace 4 horas

Crecimos en una época en la que no había diálogo.

Había frases.

Y con eso tirabas.

Si llorabas, te caía un “no llores, que no ha sido nada”, aunque estuvieras desangrándote por dentro.

Si te quejabas, un “anda, no seas exagerado”.

Y si insistías, el clásico “te voy a dar un motivo para que llores”.

Y ya estaba. Terapia completa.


En los 80 y los 90 nadie te preguntaba qué te pasaba. Te soltaban un “espabila” y a correr. Porque espabilar servía para todo: para el cansancio, para la tristeza, para el miedo, para la vida en general.


Si decías que estabas aburrido, “pues búscate algo que hacer”.

Si decías que no sabías qué hacer, “algo se te ocurrirá”.

Y si no se te ocurría nada, “pues no me molestes”.


Maravilloso sistema.


Las frases caían como martillazos pequeños pero constantes. “Mientras vivas en esta casa…”, “cuando seas padre comerás huevos”, “haz lo que quieras, pero luego no te quejes”. Todas dichas con un tono que dejaba claro que no había réplica posible.


Si tenías miedo: “no seas niño”.

Si eras niño: “compórtate como un hombre”.

Si eras adolescente: “ya se te pasará”.

Si eras adulto joven: “te lo dije”.

Siempre alguien te lo había dicho antes.

Cuando te dolía algo, “eso no es nada”.

Cuando decías que estabas cansado, “cansado estoy yo”.

Cuando estabas triste, “hay gente que está peor”.


Comparativa emocional constante. Siempre perdías.


Y luego estaban las frases comodín, las que servían para cerrar cualquier conversación sin necesidad de argumentos. “Porque lo digo yo”, “porque sí”, “porque soy tu padre”, “porque en mis tiempos…”.

Fin del debate.

No había apelación.


En el colegio tampoco se andaban finos. “No corras”, justo antes de caerte. “Te lo he dicho”, justo después. “Eso lo sabes tú”, cuando no sabías una mierda. “No te distraigas”, como si no fuera tu estado natural.


Y cuando venía la adolescencia, el pack se ampliaba. “No me mires así”, “no contestes”, “no me repliques”, “no levantes la voz”, aunque no estuvieras levantando nada.


Las frases no buscaban ayudarte a entenderte. Buscaban que no dieras la lata.

Si te equivocabas: “haberlo pensado antes”.

Si acertabas: “era lo mínimo”.

Si no decías nada: “¿qué te pasa ahora?”.


Nunca era el momento correcto.


Y, aun así, aquí estamos. Criados a base de frases cortas, secas, sin manual de instrucciones. Con un humor raro, una ironía afilada y una tendencia natural a reírnos de todo antes de ponernos intensos.


Por eso hoy nos chirrían tanto las frases modernas tipo “valida tu emoción” o “escucha a tu niño interior”. No porque estén mal, sino porque nuestro niño interior escuchó sobre todo “anda y tira”.


Las frases de los 80 y los 90 no eran bonitas, ni cuidadosas, ni empáticas. Pero eran claras. Brutalmente claras. Y nos enseñaron algo fundamental: que el mundo no se adapta a ti, te adaptas tú como puedes.

Con torpeza.

Con humor.

Con cinismo.

Y con un arsenal de frases grabadas a fuego que hoy repetimos sin querer, justo antes de darnos cuenta de que nos estamos convirtiendo en nuestros padres.


Y ahí, amigos, es cuando entiendes que aquellas frases no desaparecieron.


Solo estaban esperando su turno.

Comentarios


ESCRIBO PARA GENTE NORMAL QUE PIENSA DEMASIADO Y SE RÍE PARA SOBREVIVIR.

 

© 2026 Página creada por Diego González Sánchez

 

bottom of page